
La semana que viene se cumplen 50 años del último golpe militar que hubo en nuestro país. 50 años que parecen un montón, al mismo tiempo y viendo la pérdida de derechos, la violencia institucional y el negacionismo de los tiempos que corren, pareciera ser que no son tantos y que todavía nos falta mucho por repasar y reflexionar para que nunca más vuelva a ocurrir.
Es por eso que este mes en Salir de la marea, nuestra suscripción mensual que de paso invito a que se sumen, decidimos incluir en la entrega el libro de Patricia Ratto, pequeños hombres blancos (2006, editorial Adriana Hidalgo). Para quien no la conoce, Patricia nació el 18 de noviembre de 1962 en la ciudad de Tandil, provincia de Buenos Aires. Lleva escritos varios libros, algunos traducidos al inglés e italiano, e incluso su libro Trasfondo fue llevado al cine en el 2020 por Pablo Giorgelli. Actualmente reside en esa ciudad, y además de especializarse en Didáctica de las Prácticas del Lenguaje, dicta talleres de escritura académica y de lectura y escritura literaria.
Además de invitarte a leerlo, quería contarte sobre el libro y compartirte un poco del análisis que hicimos en nuestra suscripción mensual. Creo que lo primero que me llamó la atención de Pequeños hombres blancos fue el escenario, me resultó novedoso un libro que habla sobre los tiempos de la dictadura pero desde la mirada de un pueblo perdido de la Patagonia y nos muestra desde ahí cómo los tentáculos de la dictadura destruían la vida incluso de quienes no estaban en el foco de la violencia.
Esta historia transcurre en la Patagonia, y más precisamente en un pueblo árido y alejado de todo. Y no es casual, es una analogía muy potente sobre la Dictadura. Esa sensación de aislamiento, de control infinito, inacabable, la misma sensación que se debe sentir cuando uno quiere mirar el horizonte y el paisaje que te rodea y te minimiza. Pero la Patagonia también es asfixia, es el clima seco y el polvo que se meten las casas, como los ojos de los que vigilan. Es la tierra que cierra la garganta de los personajes y les impide hablar. Son los colores que se mezclan, se confunden y se vuelven uno solo, y a los que hay que mirar muy detenidamente para entender lo que está pasando. Es la nieve y el frío que paraliza, aísla y te frena. Son los remolinos que el viento eleva por las calles y desordena la vida de todos. Es en definitiva ese afuera hostil, un reflejo político de lo que se vivía en 1978.
Sin spoilear hay también otro elemento en el escenario que aporta mucha simbología. Gabriela, nuestra protagonista, es maestra, y ahí aparece la escuela. Sabemos cuál fue el rol que tuvo en nuestro país para construir el concepto de Nación: un crisol que unificó a una población diversa, transmitiendo una lengua común y valores patrióticos a los hijos de los inmigrantes. A lo largo de la historia podemos observar cómo la maquinaria de la represión también se infiltra ahí, en algo cotidiano y universal, no solo para vigilar sino para moldear un nuevo ser nacional. Es una forma potente de mostrar cómo el aparato fue desintegrando y desarmando incluso las bases más profundas de nuestro concepto de Nación.
La escuela también es el lugar en donde uno pierde la inocencia, se vuelve adulto con pensamiento crítico, capaz de analizar y entender el mundo que lo rodea. A Gabriela le pasa lo mismo, va perdiendo esa inocencia en cada momento que vive en el pueblo: un baile, un partido de fútbol, una llamada de teléfono. Es ahí donde comienza a darse cuenta del horror que la rodea, del miedo que se mueve como las sombras.
Tampoco es menor que nuestro personaje principal sea una maestra, mujer, sola. A través de ella y de las vivencias, miedos y pesadillas sale a la luz el concepto machista que formaba parte de la cultura militar de esa época. No es casual en este clima que construye Patricia Ratto, que la única mujer que “ayuda”, entiende y contiene a la protagonista sea otra mujer, vieja y puta. En ese contexto se mueve nuestra Gabriela, que no es ni heroína ni villana, simplemente es una mujer tratando de subsistir y sostener una normalidad en un contexto difícil de comprender, mientras el horror sucede al lado.
Otro elemento importante para pensar esta historia es el estilo narrativo, acaso una prosa austera, seca, precisa, sin adjetivaciones innecesarias. Casi como un espejo del desierto y el clima en el que transcurre la época, el clima de miedo y cuidado a la hora de elegir las palabras que iba a usar para hablar en la época de la Dictadura, porque una palabra equivocada podría ser el fin. Es también una prosa fragmentada, que viene de a ratos en pensamientos desordenados, casi como recuerdos traumáticos que la mente se esfuerza en tratar de borrar y tergiversar para que duelan menos.
Por estos puntos que traté de analizar arriba, creo que Pequeños hombres blancos de Patricia Ratto es un gran hallazgo, un libro que nos pareció necesario para entender cómo un proceso dictatorial corroe cada uno de los rincones de lo cotidiano, y la vida se vuelve frágil, independientemente de qué tan en el centro del conflicto nos encontremos. Espero que esta reseña haya ayudado a tentarlos de leerlo, y sino hay muchos libros más en nuestra tienda online para que elijas tu próxima historia. El mes que viene sumaremos nuevas editoriales y eso nos pone muy contentos
Nos vemos la próxima.